En la capital de Burundi, Bujumbura, conocimos la vida de algunos refugiados urbanos congoleños y nos enteramos de que se está poniendo tan duro subsistir que muchos abandonan la ciudad para ir a campos de refugiados, donde pueden obtener asistencia y escuela gratuíta para sus niños.
ACNUR brinda protección jurídica a 12.060 refugiados urbanos y solicitantes de asilo en Burundi. Además ayuda especificamente a las personas más vulnerables. Muchas veces lo hace a través de socios internacionales y locales, uno de ellos es Handicap International (HI). Los trabajadores de ambas oficinas en la capital posibilitaron nuestro reencuentro con los congoleños: el 99% de los refugiados en Bujumbura son de RDC, en su mayoría huídos de las masacres en la provincia DE Kivu Sur en 2002.
Casualmente, justo por donde comenzamos nuestro viaje.
En el distrito de Bwiza, un suburbio de Bujumbura, conocimos a la alta y seria Rugabire, madre de 4 hijos que huyó con su familia y pertenencias en el 2002 atravesando la selva desde RDC. De marido banyamulengue (guerrero tutsie) y víctima de múltiples violaciones por militares del ejército congoleño y guerrilleros mai-mai, es además portadora del VIH. Nada más llegar a la ciudad pidió dinero a amigos, vendió algunas cosas y consiguió la pequeña casa en la que vive con su familia. En 2003 entró en contacto con una organización que le ayudó hasta el 2007 cuando ACNUR le proporcionó 50 kilos de arroz para que los vendiese en un puesto muy modesto de un mercado secundario de la capital. “El negocio va bien porque consigo pagar la educación de mis cuatro hijos. Además recibo ayuda para el alquiler de la casa de una comunidad cristiana”. Cuando le preguntamos cómo es su vida como refugiada, medita y nos responde: “sólo puedo dar gracias por todo”.
A la pregunta de si le gustaría volver a su país responde en negativo, porque fue violada y eso no está admitido socialmente, sería discriminada. Después se puso otra ropa y fuimos al puesto en el mercado para hacerle unas fotos.
Amissa no está en su casa cuando llegamos y uno de los 12 niños que viven con ella -tiene 6 hijos, el resto son de desaparecidos-, nos conduce hasta el lúgubre restaurante que abrió con una pequeña ayuda en especies y material de ACNUR - HI. “El restaurante no marcha bien, no viene la gente, no hay dinero”, explica resignada. Es otra superviviente de las masacres de Kivu Sur en 2002. Tuvo suerte: sus familiares le ayudaron a atravesar la frontera y consiguió certificados en la oficina de inmigración y ayudas. Para ella, el apoyo más importante es el de su familia: “sobrevivo con la ayuda de mis hermanos, que lavan coches y ayudan en casa”. De golpe, alumbra en nuestras individuales conciencias la importancia de las relaciones familiares para sobrevivir en los contextos hostiles. Y nos obliga a pensar en estructuras universales como la de la familia.
A través de Ezequiel, congoleño y presidente de una asociación de burundeses y refugiados congoleños con problemas de movilidad, conocimos la precaria vida de una persona en sus circunstancias: “en una familia de cinco hijos, si uno es discapacitado, los otros irán a la escuela y a él lo mandarán a mendigar”. Nos aclara: ”en este sentido orientamos nuestro trabajo de sensibilización para comunicar que somos personas y que no pedimos más de lo que nos corresponde como tales”. Constituídos en 2002 y con fluctuaciones en su trayectoria, asesoran a familias, arreglan radios, cosen con máquinas donadas por misioneros y hacen alfombras a mano. Piden dinero para poder desarrollar un negocio que genere ingresos y les permita zafarse de la doble estigmatización que a muchos les marca: ser refugiado en una ciudad que no es la tuya, además de discapacitado.
Concluimos la misión de tránsito entre ciudades: Bujumbura, Abdis abbeba y El Cairo. Tres aeropuertos internacionales receptores del flujo de global de pasajeros legales. En el otro lado, experiencias vividas y escuchadas; muchos olores y colores flotando en nuestras mentes. Atentos a la impertinente y desastrosa actualidad en RDC; sentimos que todavía estamos demasiado cerca y demasiado lejos. Para cualquier cosa, y para todo. Pero que lo más importante, es que estamos y podemos contarlo.